Entrevista a Mequè Edo, doctora en Didáctica de las Matemáticas y experta en educación infantil

Albert Saumell
Albert Saumell
24/09/2025|13 min de lectura
Entrevista a Mequè Edo, doctora en Didáctica de las Matemáticas y experta en educación infantil

Mequè Edo es maestra de educación infantil y primaria y doctora en Didáctica de las Matemáticas. Se formó en la Escola de Mestres de Sant Cugat y, al terminar, ejerció como maestra durante una década en l’Escoleta de Bellaterra. Más tarde, la Universitat Autònoma de Barcelona le propuso colaborar. Desde entonces, ha formado a futuras generaciones de maestras y maestros de educación infantil, mientras completaba su carrera académica con investigación, doctorado y diversos cargos de gestión. Recientemente se ha jubilado.

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¿Podríamos decir que te has dedicado toda la vida a la didáctica de las matemáticas?

Sí, siempre. Pero con un pie dentro del aula y el otro dentro de la universidad. Me ha apasionado combinar la práctica con la reflexión y la formación.

Nos encantaría conocer un poco más de dónde surge esa vocación. Mequè, ¿cómo era tu escuela?

Cuando yo era una niña pequeña fui a una escuela franquista, desde los 2 años hasta los 16. No guardo un buen recuerdo, pero es normal, como mucha gente de mi generación. Era una escuela religiosa, rígida, muy punitiva. Todo era transmisión mecánica y repetitiva, sin ningún tipo de significado.

Recuerdo un día que mi madre le comentó a la maestra que yo sabía leer muy bien, pero no entendía lo que leía. Y la respuesta fue que eso ya vendría después, que lo entendería más adelante.

Pero leer no es solo pronunciar palabras…

¡Exacto! Eso es deletrear, repetir, copiar… Y con las matemáticas pasaba lo mismo. Nos daban una hoja y a repasar números y completar operaciones, una detrás de otra. Más que aprender, era hacer por hacer. No había espacio para el pensamiento ni para hacerse preguntas. Era todo muy impersonal.

Quaderns d'infància de la Mequè
Quadern de matemàtiques de la Mequè

¿Y cómo pasas de ese entorno tan gris a querer convertirte en maestra?

Siempre tuve la intuición de que enseñar se podía hacer de otra manera. Que la educación podía ser distinta. Aún estudiaba en la escuela de monjas cuando oí hablar de la Escola de Mestres de Sant Cugat. Y cuando crecí y tuve que decidir qué quería estudiar, tuve la inmensa suerte de ser alumna de la Escola de Mestres. Allí se me abrió la vida. Se respiraba otra manera de hacer. No solo me enseñaron a escribir en la lengua en la que pienso, sino a ser transmisora de esa lengua.

Recuerdo el vértigo inicial al pensar que en tres años no solo debía aprender a escribir en catalán, sino dominarlo para poder enseñarlo. Pero afortunadamente tuve grandes profesores que me dieron una gran lección: los maestros no tenemos que saberlo todo, pero sí que debemos ser honestos. Y claro, si tienes dudas, coges un diccionario delante de los niños para que lo vean. Porque estás enseñando una buena forma de hacer.

Fue allí, con 18 años, cuando pensé: “Yo de mayor quiero hacer esto. Quiero ser como ellos.” Y desde entonces, esa ha sido mi vida.

Y una vez terminaste la formación, ¿cómo empezaste a ejercer?

Los primeros años me dediqué a ser maestra de primaria. Después, con las oposiciones, pasé a infantil. Pero de hecho, siempre he alternado entre las dos etapas, aunque me fui especializando cada vez más en infantil.

¿Y a lo largo de todos estos años, has podido aprender de los niños?

Por supuesto. Siempre aprendes de tus alumnos. Cada vez que salgo de un aula pienso: “¿Cómo ha ido? ¿Qué ha funcionado? ¿Qué cambiaría si lo hiciera de nuevo?” Esa reflexión constante nace de la observación de los niños: cómo reciben lo que propones, cómo lo interpretan, cómo lo aprenden. Y eso no pasa solo con los más pequeños. También aprendo mucho de mis alumnos de universidad.

El día que dejas de cuestionarte cómo preparas o enfocas una sesión, quizá es que ya no estás tan conectada con tu trabajo. Porque siempre aprendes de los niños.

¿Cuál es el recuerdo más bonito que guardas de tu carrera?

Uno muy especial fue cuando, al cabo de cinco años de trabajar en la escuela, celebramos el décimo aniversario del centro. Decidimos hacer una fiesta con todos los alumnos, maestras y familias. Cada clase debía compartir algo que estuviera aprendiendo.

En aquel momento yo era tutora de una clase de primero de primaria y mis alumnos quisieron explicar que habían aprendido muchas cosas sobre los números. Surgió un diálogo precioso sobre qué son los números, cómo funcionan… Y de esa conversación nació la idea de hacer un mural. Un mural de números que nos acompañó durante primero y segundo, y que nos sirvió para construir el conteo de cinco en cinco, de diez en diez, para hacer sumas y restas, multiplicaciones… Una actividad tan sencilla y a la vez tan rica en significado.

Mural dels nombres

Y ahora que ya has cerrado etapa, ¿qué te llevas como formadora de maestros?

La formación de maestros ha sido todo un recorrido. Al principio, en la universidad, yo era profesora de 25 alumnas durante todo el año. Eso me permitía hacer un acompañamiento muy cercano. Pero con el tiempo, las ratios fueron aumentando y acabé teniendo grupos de 80 alumnas en periodos de tres meses. En ese contexto, no me sentía tan cómoda.

Pero por suerte, en los últimos años tuve un “caramelito”: una asignatura optativa con 30 alumnas interesadas, donde pudimos hacer un proyecto precioso que juntaba mis inicios de maestra con mi final en la universidad. Estas alumnas hicieron de madrinas matemáticas de dos niños de la Escoleta. Durante tres meses, pudieron acompañarles en su aprendizaje, y hacíamos conjuntamente las sesiones de matemáticas. Ha sido una experiencia muy bonita… Tanto, que tengo ganas de escribirla y dejarla como legado.

Entremos ahora a hablar sobre el aprendizaje de las matemáticas

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¿Qué significa hacer matemáticas con 3, 4 o 5 años?

Los niños hacen matemáticas cuando establecen relaciones. Cuando los adultos les lanzan un reto y ellos son capaces de asumirlo y ver que hay una pregunta para la cual necesitan buscar posibles respuestas. Aquí mentalmente están activos.

Cuando repasan números no hacen matemáticas. Eso activa la mano, pero no el ingenio.

¿Y qué mitos tenemos sobre el aprendizaje de las matemáticas en infantil?

Durante muchos años ha existido la idea muy arraigada de que el niño no sabía nada y tenía que venir un adulto a transmitirle el conocimiento. Y el niño lo único que tenía que hacer era ponerlo en práctica… Esta visión tan transmisiva ha predominado durante mucho tiempo, pero sabemos que no es efectiva.

Este es, para mí, el mito más grave: entender las matemáticas como un conjunto de pasos mecánicos. Pero en infantil, los niños tienen que estar activos —física y mentalmente. Tienen que moverse, manipular, interpretar, hacerse preguntas, discutir, pensar. Sin pensamiento no hay matemáticas.

¿Cómo podemos evitar la ansiedad matemática en infantil?

En infantil es muy sencillo: no existe, de entrada. Los niños no tienen miedo de las matemáticas. Somos nosotros, los adultos, quienes proyectamos ese miedo.

Los niños quieren aprender, estar bien, ser receptivos. El problema aparece cuando les transmitimos emociones negativas, inseguridad o mensajes negativos. Y entonces se construye la falsa creencia de que “no sirven para las matemáticas”. Esa angustia no nace de ellos, sino de nosotros como adultos.

Y sobre la educación actual. ¿Cómo la ves? ¿Cuáles crees que son los principales retos?

Yo no soy especialista en política educativa, pero desde mi experiencia, uno de los grandes retos es que en infantil 25 alumnos en una clase sentados con lápiz y papel no sirve. Eso no funciona. Ya lo dice el currículo: hacen falta dinámicas diversas, trabajo por ambientes, pequeños grupos…

Ahora bien, para hacer esto realidad necesitamos más maestros, más adultos en el aula. Sin esto, la diversificación de dinámicas es muy difícil.

¿Y también para poder atender la diversidad, no?

Exactamente. Cada vez las aulas son más diversas. Y para ofrecer una atención realmente inclusiva, hace falta una atención más personalizada. Por eso la clave es la ratio: más manos, más adultos para poder acompañar a los niños de manera cercana, ya sea individualmente o en pequeños grupos.

Además, la diversidad se debe distribuir bien entre las escuelas, porque si se concentra demasiado, la inclusión se complica mucho. Sé que hay políticas que intentan abordarlo, pero aún queda mucho por hacer.

Cambiando de tema: recientemente la consellera de Educación ha propuesto retirar las pantallas de las aulas de infantil. ¿Cuál es tu opinión sobre la tecnología en el aula?

Estoy de acuerdo en que de 0 a 3 años no hace falta ninguna pantalla. No la necesitan. Pero esto debería ser coherente: si las retiramos de la escuela, también deberíamos limitarlas en casa…

Porque lo que realmente me preocupa es que estamos retirando la pantalla formativa, la que tiene intención didáctica. A mí esta medida me sabe mal, porque hay una parte de la pantalla que puede ser muy potente. Por ejemplo, un pequeño juego que trabaja la descomposición de los números. Esto puede ser muy valioso, porque hay mucha matemática detrás.

Ahora bien, ¿estas actividades deben ocupar el 100 % del tiempo de aula? Por supuesto que no. Pero quizá sí 10 minutos y que después lo combinen con una parte motriz en la que salgan al exterior, suban a los árboles, se mojen en el río, etc.

Infants a l'exterior jugant

Lo que creo es que vamos de un extremo a otro. Hace unos años todo el mundo quería tecnología en el aula. Ahora parece que la queremos fuera del todo. Y este péndulo constante no ayuda.

¿Qué relación hay entre la investigación y el aula?

La investigación va mucho más adelantada que los cambios en el aula. Los cambios en el aula son muy lentos. Porque estamos intentando cambiar prácticas que los maestros tienen muy arraigadas. Aunque los maestros estén de acuerdo con los principios, ponerlos en práctica requiere tiempo, apoyo y confianza.

Por eso es tan importante la transferencia entre investigación y práctica. Durante muchos años los profesores de la universidad hemos hecho formación permanente para poder hacer esa transferencia. Porque no toda la investigación que se publica es aplicable a todos los contextos. Por eso muchos de nosotros nos hemos dedicado a hacer esa transferencia. Pero aún se hace poca.

Hablemos de formación inicial y continua: ¿cómo la mejorarías?

La formación inicial ha pasado por muchos modelos distintos, pero sinceramente, dar clase con grupos de 80 alumnas no me parece una buena manera de formar maestros.

En cambio, la formación permanente es muy válida y tiene mucho sentido. Sobre todo porque suele ser la voluntad de muchos maestros de mejorar su práctica y hacer cambios reales. Aunque esos cambios den miedo —y es normal—, la voluntad de crecer está ahí. Y eso lo hace muy valioso.

Y entiendo que con tus alumnos de universidad tampoco planteas clases transmisivas, ¿verdad?

¡No! Es muy diferente dar una clase transmisiva que una clase participativa. Cuando tienes un grupo de alumnos y les repartes materiales y les planteas preguntas, son ellos las que piensan. Entonces si ellos como futuros maestros lo han vivido en su propia piel, a sus futuros alumnos les harán hacer lo mismo. ¿Cómo puedes formar sin haber vivido esta experiencia de sentir el reto e implicarse con un material?

Hemos hablado de pasado y presente. Hablemos ahora del futuro.

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¿Cómo sería para ti un aula de infantil ideal?

Cuando pienso en un aula me inspiro en modelos de otros países. ¿Qué me gustaría en mi aula? Espacios versátiles que permitan distintas formas de trabajo: desde momentos con todo el grupo hasta pequeños grupos que puedan funcionar de manera autónoma, con varios adultos acompañándolos.

Los espacios deben ser acogedores y estimulantes. Es clave el tipo de materiales que hay, y también el espacio exterior. Y esto los nórdicos lo tienen clarísimo. Los niños necesitan salir regularmente a la naturaleza, como mínimo un día a la semana, para explorar, correr, ensuciarse. El desarrollo motor es importantísimo.

Pero también debe haber espacios para la lectura, bibliotecas con libros, o quizá una pantalla para ver algo interesante todos juntos. Un espacio diverso. No un aula, un adulto y 25 niños.

Porque, ¿qué papel juegan los espacios, el tiempo y los materiales?

Este es un tema que los maestros de infantil discutimos mucho. Lo que sí tenemos claro es que los espacios y los materiales son fundamentales. Y solemos tener conversaciones sobre cómo repensar los ambientes, cómo diversificar las propuestas, cómo crear entornos más ricos, etc.

El tiempo, en cambio, es una asignatura pendiente. En infantil, un horario demasiado fijo y rígido puede truncar momentos muy valiosos. Necesitamos que el tiempo sea un poco más flexible para aprovechar aquellos momentos en los que está pasando “algo” importante.

Si los niños están inmersos en una exploración o en un juego significativo, el adulto debería tener la libertad de ampliar ese momento. La rigidez temporal quizá tiene sentido en primaria, pero en infantil, fluir con el tiempo es parte del proceso de aprendizaje.

Casi estamos acabando: tú que tienes muchos años de experiencia, ¿qué le dirías a una maestra que acaba de empezar?

Que sea consciente de que en el aula encontrará muchas personalidades diferentes. Y que su reto es conocer y acompañar cada una de esas personalidades, desde donde se encuentran, paso a paso. No todos los niños están en el mismo lugar ni en el mismo momento, y eso es parte de la riqueza de infantil.

Es un reto porque no siempre es fácil establecer vínculo con cada uno de los pequeños. Y a veces costará. Pero cuando lo consigues, y ves que el niño avanza, que disfruta y crece, te reconcilias con tu tarea y contigo misma. Acompañar bien es una fuente profunda de satisfacción.

¿Y a una maestra que quizá está más desconectada de su trabajo o que duda?

Pues le diría lo mismo que digo a las maestras que comienzan: si quieres dedicarte a esto, quizá te dedicarás toda la vida. ¿Cómo puedes mantener la ilusión tantos años? Primero, permítete detenerte y hacerte preguntas: ¿Estoy en el lugar donde quiero estar? ¿Me veo haciendo esto durante muchos años?

Para ser una buena maestra, hay que confiar profundamente en las capacidades y competencias de los niños. Pero para hacerlo, primero debes sentirte bien contigo misma. Sentirte segura y preparada. Quizá la carrera te parezca fácil, pero ejercer este trabajo cada día durante toda la vida es exigente. Ahora bien, si te resuena, si te hace sentir viva, es una profesión muy gratificante.

A estas personas que quizá dudan o atraviesan una crisis, les diría, primero, que se pregunten si realmente están en el lugar donde quieren estar. En segundo lugar, pedir ayuda. Yo misma he ido a muchas escuelas y equipos a ayudar a repensar, a avanzar, a reformular prácticas. Siempre hay margen para cambiar.

Muchas gracias, Mequè. ¡Ha sido una conversación realmente muy rica!

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