¿Cuál es el papel de los deberes? Cómo diseñarlos para que sean efectivos en la consolidación del conocimiento

Cecilia Calvo
Cecilia Calvo
17/02/2025|9 min de lectura
¿Cuál es el papel de los deberes? Cómo diseñarlos para que sean efectivos en la consolidación del conocimiento

Los deberes escolares han sido un tema de debate controvertido en el mundo educativo en los últimos tiempos. Como claustro, nos enfrentamos recurrentemente a una decisión: ¿debemos poner deberes a nuestros alumnos? Y si lo hacemos, ¿cómo deberían ser para que sean efectivos? Estas cuestiones han trascendido los círculos educativos, llegando a ser objeto de discusión en muchos países. En este artículo, exploraremos estas preguntas a partir de la investigación existente, con la mirada puesta en los deberes durante el año escolar. Independientemente de nuestro rol o contexto, creemos que las ideas principales nos ayudarán a reflexionar.

Lo primero que hay que admitir es que la investigación aún no ha permitido resolver este debate histórico de manera concluyente. Por un lado, hay muchos factores que influyen en la eficacia de los deberes en el aprendizaje: el propósito percibido por los alumnos, el contexto socioeconómico y familiar, la edad, el tiempo y el esfuerzo que requieren y hasta qué punto se realizan, entre otros.

Antes de analizar estos factores, preguntémonos: ¿por qué queremos que nuestros alumnos hagan deberes? Tener claridad sobre el propósito nos ayudará a poner cada elemento en la balanza y a pensar de manera crítica.

Poner deberes: ¿qué factores hay que analizar para tomar una decisión consciente?

Uno de los principales factores a la hora de tomar una decisión como docentes es el contexto socioeconómico del alumnado. Rønning (2011) destaca que los deberes pueden convertirse en un factor de desigualdad: los alumnos de familias con un nivel socioeconómico alto tienden a rendir mejor cuando se les asignan deberes, mientras que los alumnos de entornos menos favorecidos no experimentan ninguna mejora. Los datos de PISA refuerzan esta idea: indican que los estudiantes de entornos desfavorecidos dedican menos tiempo a hacer los deberes y no mejoran su rendimiento. Si tomamos conciencia de esta desigualdad, debemos garantizar el aprendizaje de cada alumno, independientemente de los deberes. Es necesario que tanto el descubrimiento como la consolidación del aprendizaje esencial se centren en el aula, otorgando a los deberes un papel de refuerzo adicional.

El contexto familiar es relevante. Por ejemplo, la falta de un espacio tranquilo para estudiar o el acceso limitado a internet pueden dificultar el aprovechamiento de los deberes. No obstante, más allá de las condiciones materiales, la investigación señala que la manera en que las familias brindan apoyo puede marcar la diferencia. Estudios de PISA (2018) sugieren que un entorno propicio para el estudio es clave, mientras que otras investigaciones (Šilinskas y Kikas, 2017) indican que los alumnos pueden beneficiarse cuando no perciben la supervisión parental como una forma de control, sino como una muestra de interés por su proceso de aprendizaje. Lange y Meaney (2011) observaron que si en casa se transmite un mensaje contradictorio respecto a lo que los alumnos aprenden en la escuela, esto puede generar frustración. De ello podemos concluir la necesidad de reforzar el vínculo entre escuela y familia, con espacios para compartir este tipo de información y el trabajo que se está llevando a cabo en el aula.

Uno de los factores objetivos en los que la evidencia es más clara es la edad. Cuanto mayor son los alumnos, mayor es el beneficio potencial que pueden obtener de los deberes. En primaria, por ejemplo, las ganancias son pequeñas, incluso en los mejores escenarios. De hecho, en uno de los estudios más rigurosos centrados en matemáticas y ciencias, Fan et al. (2017) encontraron que el efecto en primaria era casi nulo. A estas edades, los alumnos comienzan a desarrollar sus hábitos de estudio y se distraen con mayor facilidad, lo que dificulta que los deberes sean especialmente efectivos (Cooper et al. 1998; Hoover-Dempsey et al. 2001; Leone y Richards 1989; Muhlenbruck et al. 2000).

Retomando la cuestión del propósito, lo que más escuchamos de los claustros es que los estudiantes practiquen y consoliden su aprendizaje. No obstante, es esencial que este propósito también sea percibido por los alumnos. Para ello, debemos ser claros en la comunicación, explicando por qué son necesarios los deberes que asignamos, y estar atentos a cómo los reciben. Si los estudiantes creen que el único objetivo es la calificación, solo los harán aquellos que ya tienen conocimientos previos. Los demás, en cambio, a menudo recurren a métodos que pueden perjudicar su aprendizaje, como copiar o aplicar procedimientos de manera automática (Liljedahl, 2020).

Liljedahl (2020) refuerza este mensaje y, a su vez, habla de la desigualdad: “los alumnos que realmente hacen los deberes son aquellos que menos los necesitan, y quienes más los necesitan son los que menos los hacen”. Además, nos damos cuenta de que el esfuerzo dedicado a realizar los deberes es más importante para el logro académico que el tiempo o la frecuencia con que se hacen (Trautwein, 2007; Fan et al., 2017; Cooper et al., 1998). Esto nos invita a hacer un seguimiento adecuado que no consista en calificar, sino en valorar a quienes han dedicado esfuerzo en completar la tarea.

Asimismo, cuando los alumnos perciben que realizamos un seguimiento consciente de los deberes, tienden a dedicarles más esfuerzo y profundizar más en las tareas (Fan et al., 2017). Como dice Cooper et al. (1998), hacer deberes por miedo a sufrir consecuencias negativas transforma una situación autónoma de aprendizaje en una de falta de confianza. Si queremos evitar esto, es clave que seamos coherentes, no solo con el mensaje, sino también con la evaluación.

Un último factor a tener en cuenta es el impacto que tienen los deberes en los resultados de las pruebas estandarizadas. En este sentido, Maltese et al. (2012) encontraron que en secundaria hay una relación positiva entre los deberes y los resultados de estas pruebas. Más allá de esto, no debemos confundir la función de su evaluación: aunque la evaluación de estas pruebas sea sumativa, podemos practicar sin necesidad de calificar. En esta línea, un estudio de PISA (2018) centrado en alumnos de 4º de ESO explica que, aunque hacer más deberes se correlaciona con mejores resultados tanto individualmente como a nivel de escuela, esta mejora no se traslada a los resultados generales de un país. Esto implica que existen otros factores, como la calidad de la instrucción o la gestión de la escuela, que tienen un impacto mayor que los deberes en los resultados de las pruebas.

Os animamos a reflexionar sobre estos factores y a pensar en cómo se reflejan en vuestro día a día. ¿Qué decisiones habéis tomado hasta ahora? ¿Qué impacto habéis observado en vuestros alumnos?

Seguramente os vienen a la mente diversas situaciones. ¿Por qué en algunos casos han despertado interés y han funcionado, y en otros no tanto? ¿Cómo podemos plantearlas para que motiven a todos los alumnos? ¿Qué más hay que tener en cuenta como equipo docente? Lo exploramos juntos.

¿Cómo deberían ser los deberes? 3 características a tener en cuenta

  • De duración adecuada y equilibrados entre las distintas materias. No hay una receta mágica, y el tiempo dedicado no es el factor más importante. En cualquier caso, sí es fundamental no excederse. Según el Departamento de Educación de EE. UU., hasta 3º de primaria no deberían superar los 20 minutos diarios, y esta cantidad puede ir aumentando progresivamente hasta el bachillerato, donde los deberes podrían requerir entre una hora y media y dos horas y media al día. Este tiempo incluye todas las asignaturas. Es importante considerar el número de horas que ya pasan en la escuela y la necesidad de equilibrio entre las distintas materias.
  • Simples, motivadores, autónomos y variados. Para motivar al alumno, un reto simple y bien diseñado, donde pueda aplicar conocimientos ya adquiridos, es más adecuado que una hoja llena de tareas mecánicas. También debe ser accesible para el alumno, es decir, que pueda afrontarlo con éxito sin necesidad de ayuda (Vatterott, 2010). 

Por ejemplo, observad lo diferentes que pueden ser dos tipos de tareas. ¡Os animamos a dedicar unos minutos a hacer la de la izquierda y comparar!

Independientemente de la riqueza del reto, es necesario variarlo. Si los alumnos perciben diversidad y no sienten que es algo que “ya han hecho” en clase, es más probable que lo realicen de verdad.

  • Coherentes con el tipo de aprendizaje en el aula. Es fundamental mantener coherencia. Por ejemplo, si hemos trabajado diversas estrategias de pensamiento aditivo, deberíamos evitar pedir a los alumnos que resuelvan un problema utilizando únicamente el algoritmo vertical clásico. Esta flexibilidad también es clave para que desarrollen confianza y puedan poner en práctica lo aprendido en clase. Además, debemos asegurarnos, como mencionábamos anteriormente, de que las familias comprenden este aprendizaje.

Deberes con propósito y alineados con el aprendizaje

En definitiva, la decisión de asignar deberes requiere una conciencia clara de las necesidades y el contexto de nuestros alumnos. Como hemos visto, factores como el contexto socioeconómico y familiar, la percepción del propósito, el esfuerzo y la finalización, o la evaluación, tienen un impacto significativo en su eficacia. Además, la etapa educativa es un factor determinante: la evidencia del beneficio de los deberes en primaria es débil, mientras que en secundaria es mayor.

Más allá de esto, los deberes pueden ser una herramienta valiosa para consolidar el aprendizaje y fomentar la autonomía de los estudiantes en determinados contextos, pero solo si se diseñan de manera adecuada. En este sentido, es fundamental que los deberes puedan realizarse de forma autónoma, sean coherentes con la metodología utilizada en el aula y no sean percibidos como una herramienta de control. Debemos lograr que motiven a los alumnos, no a través del miedo al juicio o a la calificación, sino mediante tareas ricas y variadas que estimulen el pensamiento y permitan aplicar lo aprendido en el aula, más allá de cálculos repetitivos y mecánicos.

Referencias bibliográficas

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Cooper, H., Lindsay, J., Nye, B., y Greathouse, S. (1998). Relationships among attitudes about homework, amount of homework assigned and completed, and student achievement. Journal of Educational Psychology, 90(1), 70–83. https://doi.org/10.1037/0022-0663.90.1.70

Fan, H., Xu, J., Cai, Z., He, J., y Fan, X. (2017). Homework and students’ achievement in math and science: A 30-year meta-analysis, 1986–2015. Educational Research Review, 20, 35–54. https://doi.org/10.1016/j.edurev.2016.11.003

Hoover-Dempsey, K. V., Bassler, O. C., y Burow, R. (2001). Parental involvement in homework. Educational Psychologist, 36(3), 195–209. https://doi.org/10.1207/S15326985EP3603_5

Lange, T. y Meaney, T. (2011). I actually started to scream: emotional and mathematical trauma from doing school mathematics homework. Educational Studies in Mathematics, 77(1), 35–51. https://doi.org/10.1007/s10649-011-9298-1

Leone, C. M., y Richards, M. H. (1989). Classwork and homework in early adolescence: The ecology of achievement. Journal of Youth and Adolescence, 18(6), 531–548. https://doi.org/10.1007/BF02139081

Liljedahl, P. (2020). Building thinking classrooms in mathematics, grades K-12: 14 Teaching Practices for Enhancing Learning. Corwin Mathematics.

Maltese, A. V., Tai, R. H., y Fan, X. (2012). When is Homework Worth the Time? Evaluating the Association Between Homework and Achievement in High School Science and Math. The High School Journal, 96(1), 52–72. http://www.jstor.org/stable/23275424

Muhlenbruck, L., Cooper, H., Nye, B., y Lindsay, J. (2000). Homework and achievement: Explaining the different strengths of relation at the elementary and secondary school levels. Social Psychology of Education, 3(4), 295–317.

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Rønning, M. (2011). Who benefits from homework assignments? Economics of Education Review, 30(1), 55–64. https://doi.org/10.1016/j.econedurev.2010.07.001

Šilinskas, G., y Kikas, E. (2017). Parental involvement in Math Homework: links to children’s performance and motivation. Scandinavian Journal of Educational Research, 63(1), 17–37. https://doi.org/10.1080/00313831.2017.1324901

Trautwein, U. (2007). The homework–achievement relation reconsidered: Differentiating homework time, homework frequency, and homework effort. Learning and Instruction, 17(3), 372–388. https://doi.org/10.1016/j.learninstruc.2007.02.009

Vatterott, C. (2010). Five Hallmarks of Good Homework. Educational Leadership, 68, 10–15.